El perfil psicologico-político de Nadia Beller


En política existen personas que llegan al poder impulsadas por una ideología, otras por una causa y otras por la convicción de que pueden transformar la sociedad. Pero también existe un perfil mucho más difícil de identificar: el de quienes, por encima de cualquier doctrina, partido o principio, tienen una necesidad permanente de estar cerca del poder.

Para estas personas, la ideología puede cambiar. Los aliados pueden cambiar. Los discursos pueden cambiar. Incluso los enemigos pueden convertirse en aliados.

Lo que permanece constante es la búsqueda de influencia.

un perfil de búsqueda compulsiva de poder, pero hay que separar dos cosas: una persona ambiciosa políticamente no necesariamente tiene un trastorno psicológico, y un supuesto atentado fingido no permite por sí solo hacer un diagnóstico.

Si realmente alguien se acerca a cualquier persona poderosa independientemente de su ideología, cambia de alianzas según quién tenga influencia y llega a fabricar una situación de victimización para conservar o aumentar su poder, psicológicamente podrían aparecer varios rasgos:

  • Necesidad intensa de poder y estatus: el poder puede convertirse en el objetivo central, más importante que las ideas políticas, la lealtad o incluso la coherencia personal.
  • Oportunismo extremo: las relaciones se valoran por la utilidad que tienen. Puede apoyar hoy a alguien de una ideología y mañana a su adversario si eso abre una puerta.
  • Instrumentalización de las personas: tiende a ver a los demás como recursos, contactos, protectores, financistas o escalones.
  • Necesidad de relevancia: puede existir una fuerte necesidad de sentirse importante, indispensable o cercano al centro de decisión.
  • Manipulación interpersonal: utiliza información, emociones, victimización, halagos o conflictos para influir sobre otros.
  • Gran capacidad de adaptación social: puede adoptar diferentes discursos y personalidades dependiendo del interlocutor. Esto no necesariamente significa que sea un "psicópata"; puede ser simplemente una estrategia aprendida.
  • Baja consistencia ideológica: las convicciones pueden ser secundarias frente a la oportunidad de obtener influencia.
  • Victimización estratégica: presentarse como perseguido, amenazado o atacado puede servir para generar simpatía, protección o legitimidad.
  • Tolerancia elevada al engaño: si efectivamente inventara un atentado contra sí mismo, estaríamos ante una conducta particularmente grave porque implicaría utilizar deliberadamente una situación de peligro para producir una reacción política o social.
  • Posible rasgo maquiavélico: de los conceptos de psicología de la personalidad, este es probablemente el que más se aproxima a lo que describes: cálculo interpersonal, manipulación, pragmatismo y búsqueda de beneficio personal.

 

Cuando la ideología deja de importar

Una persona profundamente ideológica suele tener límites. Puede negociar, cambiar de estrategia o incluso abandonar una organización, pero existen determinadas posiciones que difícilmente estaría dispuesta a abandonar.

El individuo obsesionado con el poder funciona de otra manera.

Su pregunta fundamental no es necesariamente "¿en qué creo?", sino "¿quién tiene el poder y cómo puedo acercarme?".

Por eso puede relacionarse con personas que sostienen posiciones políticas completamente opuestas. Puede defender públicamente a un dirigente y, tiempo después, acercarse a su antiguo adversario.

Desde afuera parece contradicción.

Desde su propia lógica, puede ser simplemente supervivencia política.

El poder como necesidad psicológica

La búsqueda de poder no siempre nace de una ambición económica. Puede existir una necesidad psicológica de reconocimiento, relevancia y control.

Estar cerca de presidentes, ministros, dirigentes, empresarios o figuras influyentes puede proporcionar una sensación de importancia que la persona necesita constantemente.

El problema aparece cuando esa necesidad se vuelve central en su vida.

Entonces, perder influencia no significa simplemente perder una posición política. Puede sentirse como perder identidad, reconocimiento o incluso valor personal.

Por eso algunas personas hacen enormes esfuerzos para permanecer dentro del círculo de los poderosos, incluso cuando las circunstancias políticas cambian.

El maquiavelismo político

Uno de los conceptos psicológicos que permite comprender este comportamiento es el maquiavelismo.

El maquiavelismo se caracteriza por una orientación estratégica hacia las relaciones humanas, donde la manipulación, el cálculo y la utilización de los demás pueden convertirse en herramientas para alcanzar determinados objetivos.

No significa necesariamente que una persona sea psicópata ni que tenga un trastorno mental.

Puede tratarse simplemente de alguien que entiende la política como un juego de intereses.

En ese juego, las personas son contactos, las alianzas son instrumentos y las convicciones pueden convertirse en recursos para alcanzar una posición.

La pregunta deja de ser:

"¿Qué representa esta persona?"

Y pasa a ser:

"¿Qué puede hacer esta persona por mí?"

El camaleón político

Una de las características más llamativas de este perfil es su capacidad para adaptarse.

Frente a un dirigente de izquierda puede hablar como un militante de izquierda.

Frente a un dirigente conservador puede adoptar un discurso conservador.

Frente a un empresario puede hablar de libertad económica.

Frente a un movimiento social puede convertirse en defensor de las causas sociales.

No necesariamente porque crea profundamente en todas esas posiciones, sino porque entiende que cada ambiente requiere un lenguaje diferente.

Es el camaleón político.

Su mayor habilidad no consiste en defender una idea, sino en descubrir rápidamente qué idea resulta conveniente en cada circunstancia.

La fascinación por los poderosos

Otro elemento característico es la búsqueda constante de proximidad.

No basta con conocer al poderoso. Es necesario aparecer junto a él, ser reconocido por él y, sobre todo, formar parte de su círculo.

Fotografías, reuniones, invitaciones, mensajes, contactos y relaciones pueden convertirse en una especie de capital político.

Incluso una persona sin un cargo formal puede adquirir influencia simplemente por su cercanía con quienes toman las decisiones.

De ahí surge un fenómeno interesante: hay individuos que no necesitan ocupar el poder mientras puedan vivir alrededor de él.

La victimización como herramienta

En sus formas más extremas, la búsqueda de poder puede llevar a convertir incluso la condición de víctima en un instrumento de influencia.

Presentarse como perseguido, amenazado, traicionado o atacado puede generar simpatía, protección y notoriedad.

Esto no significa que toda persona que denuncia una amenaza esté manipulando a los demás. Las amenazas políticas y los ataques reales existen.

La cuestión aparece cuando la victimización se utiliza deliberadamente como estrategia.

Y si alguna persona llegara incluso a fabricar un ataque contra sí misma para recuperar relevancia, conseguir protección o modificar el escenario político, estaríamos ante una manifestación extrema de manipulación.

En ese supuesto, la víctima dejaría de ser únicamente víctima: su sufrimiento habría sido convertido deliberadamente en una herramienta de poder.

¿Qué ocurre cuando cambia el gobierno?

El verdadero carácter de este tipo de persona suele hacerse más visible cuando cambia el poder.

Mientras su aliado controla el gobierno, permanece cerca.

Pero cuando ese gobierno cae, rápidamente aparecen nuevos contactos.

El antiguo enemigo puede convertirse en una oportunidad.

El discurso cambia.

Las fotografías cambian.

Los amigos cambian.

Y, aparentemente, también cambian las convicciones.

Sin embargo, existe una constante: la persona continúa cerca de quienes tienen capacidad de decisión.

Ese patrón puede resultar mucho más revelador que cualquier discurso político.

No todo cambio es oportunismo

Es importante hacer una distinción.

Cambiar de partido no convierte automáticamente a alguien en oportunista.

Cambiar de ideología tampoco.

Las personas pueden aprender, equivocarse, evolucionar y modificar sus opiniones.

La diferencia está en el patrón.

Una persona puede cambiar porque cambió de ideas.

Otra puede cambiar porque cambió el poder.

La primera modifica sus alianzas como consecuencia de sus convicciones.

La segunda modifica sus convicciones como consecuencia de sus alianzas.

Ahí está la diferencia fundamental.

La verdadera ideología

Quizá la característica más interesante de este perfil sea que, después de observar durante años sus movimientos, puede descubrirse que existe una ideología mucho más profunda detrás de todas sus contradicciones.

No es izquierda.

No es derecha.

No es oficialismo.

No es oposición.

Es poder.

El poder se convierte en la verdadera ideología.

Los partidos son vehículos.

Los dirigentes son puertas de acceso.

Las amistades son instrumentos.

Las rivalidades son circunstanciales.

Y las convicciones pueden ser modificadas cuando dejan de ser útiles.

El peligro para la democracia

Este perfil puede resultar especialmente problemático porque es difícil de detectar.

El político ideológico puede ser criticado por sus ideas.

El político oportunista puede ser descubierto por sus contradicciones.

Pero el buscador compulsivo de poder puede presentarse como cualquier cosa que el momento necesite.

Puede convertirse en oficialista cuando el oficialismo es fuerte y en opositor cuando la oposición comienza a crecer.

Puede hablar de principios mientras estos resulten útiles.

Y puede abandonar esos mismos principios cuando se conviertan en un obstáculo.

Por eso, para comprender realmente a una persona dentro del poder, quizá no sea suficiente escuchar lo que dice.

Hay que observar a quién busca cuando cambian las circunstancias.

Porque los discursos pueden cambiar.

Las banderas pueden cambiar.

Los partidos pueden cambiar.

Pero los patrones de conducta suelen ser mucho más difíciles de esconder.

Y cuando alguien ha pasado por diferentes espacios políticos sin perder nunca su lugar cerca de quienes mandan, quizá la pregunta más importante no sea cuál es su ideología.

Quizá sea otra:

¿Y si su verdadera ideología siempre fue el poder?



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