La escasez de diésel y gasolina en Bolivia ha dejado de ser un problema técnico de importaciones para convertirse en un estrangulamiento directo a la economía diaria del país. Mientras el Gobierno nacional intenta apagar incendios mediante mesas de diálogo y negociaciones de último momento con el sector del transporte pesado y los cisterneros, las consecuencias del desabastecimiento se sienten con fuerza en las calles, los mercados y los campos de producción.
El transporte pesado y de carga internacional opera a marcha lenta. Filas kilométricas en las estaciones de servicio de Santa Cruz, La Paz y Cochabamba obligan a los conductores a perder días enteros esperando cargar combustible. Esta parálisis no solo frena el comercio de exportación e importación, sino que rompe la cadena de suministro interno.
El impacto más crítico recae sobre el sector agropecuario. Los productores de granos y la industria avícola advierten que la falta de diésel impide operar la maquinaria agrícola y movilizar los alimentos a los centros urbanos. Como consecuencia inmediata, el costo del flete se dispara y los precios de productos esenciales como la carne de pollo, las verduras y los abarrotes registran incrementos alarmantes para el consumidor final.
Aunque las autoridades atribuyen los desfases a problemas logísticos en los puntos de importación marítima y deudas con proveedores externos, los sectores productivos demandan soluciones estructurales e inmediatas. La incertidumbre sobre el flujo de divisas y la capacidad de YPFB para garantizar el suministro regular mantienen en vilo a un país donde, sin combustible, el aparato productivo simplemente no camina.

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